La mejor adaptación que según la crítica europea se ha hecho de Sandokan, el pirata de Malasia creado en el siglo diecinueve por Emilio Salgari, está ahora en NLa mejor adaptación que según la crítica europea se ha hecho de Sandokan, el pirata de Malasia creado en el siglo diecinueve por Emilio Salgari, está ahora en N

Como Sandokan y Yáñez frente a la tormenta: reseña de El príncipe pirata, miniserie en Netflix

2026/03/16 09:31
Lectura de 6 min
Si tienes comentarios o inquietudes sobre este contenido, comunícate con nosotros mediante crypto.news@mexc.com

Lo he escrito en el Garage en algún momento: yo me dedico a escribir gracias a Sandokan. Todo se lo debo a mi padre y a Emilio Salgari.

Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños mi papá llegó con un regalo: El Tigre de Malasia, tomo de las aventuras de pirata creado por Salgari. No lo pelamos gran cosa—no me lo echen en cara, yo tenía cinco años y apenas leía—, mis hermanos lo usaban como barricada en sus juegos de jedis contra He-Man. Ahí estaba el pobre libro, tolerando maltratos infantiles.

Tiempo después, mucho tiempo después, a mí me ganó la curiosidad y lo revisé. Llegué solo a un par de páginas: un pasaje en el que el pirata Sandokan y Yáñez de Gomera, fiel compañero de aventuras, llegan a una isla en plena tormenta. Buscan dónde esconderse. Primero entran en una “estufa” llena de la “pavesas” (maldigo las traducciones difíciles en libros para niños, pero también resulta que los niños lectores se intrigan ante palabras raras y siguen leyendo para investigar el significado, como me pasó a mí en este caso). Las cenizas no los dejan respirar así que se arriesgan una vez más en medio del tifón. En algún momento dan con un árbol de plátanos y Yáñez se las ingenia para crear un refugio con sus hojas. Al día siguiente, comen plátanos.

Esa escena o secuencia de escenas tan sencillas me llenaron la cabeza de alucinaciones, una alquimia extraña sucedió en mi cerebro, cruce de choques eléctricos y neurotransmisores, drogas muy potentes.

Por supuesto que no acabé el libro hasta mucho después, pero regresaba una y otra vez a ese inicio genial. No hay mejor manera de presentar a un héroe que en su vida diaria, siempre que se trate de una vida de tormentas, pavesas, misterio, escondites, cuchillos y plátanos.

Yáñez es mi personaje consentido. Si bien Sandokan—cuyo nombre, por cierto, escribo sin acento en la a final porque en mi libro así aparece y nunca he querido escribirlo de otra manera. Acentúo el de Yáñez por la misma razón: así estaba en mi ejemplar—siempre sale triunfante por su arrojo, es con el ingenio y buen humor del portugués que siempre sobreviven a las peores camisas de once varas. Yáñez me encanta, además, porque es capaz de bajarse un litro de ron, quedarse dormido en pleno abordaje y al instante siguiente matar a un enemigo con las manos. Borracho, dormido y aun con el peor estrés encima, certero: habría sido un buen periodista de breaking news.

La historia se ubica en la era colonial de la Asia septentrional en el siglo diecinueve: Borneo, Malasia y el país que hoy conocemos como Brunéi. Inglaterra dominaba el territorio y lo desangraba de cualquier valor que encontraba a su paso. Eso creaba una resistencia y aire levantisco en la región. Los Casacas Rojas (los soldados ingleses) y la Marina Mercante del reina Victoria luchaban con denuedo contra los piratas. El resto de Europa veía con repulsión el dominio inglés: lo que tenían era envidia. En ese ambiente político, Emilio Salgari hizo héroes a los piratas ante los inmorales saqueadores ingleses. Los únicos personajes de raza blanca respetables son Yáñez y Lady Marianne, la amada de Sandokan.

Deliberadamente nunca he visto adaptaciones de Sandokan a otros medios, no las toco ni con un palo. Sé que en la era del cine mudo se hicieron peliculitas para niños con los personajes de Salgari: no me interesa verlas ni por curiosidad de la crítica cinematográfica que pervive en mí. Mi Sandokan y mi Yáñez son los únicos que quiero en mi memoria, ¿para qué llenarme la cabeza con la imaginación de alguien más?

Por eso no quería ni asomarme a Sandokan: el príncipe pirata, miniserie italiana que puede verse en Netflix. El inicio de año ha sido, por decir lo menos, triste, malas noticias en el mundo, en todos los frentes. Pensé que, en medio de tremenda tempestad, Yáñez no habría dudado en hacer algo divertido para pasar el rato. Así que mordí la bala: total, le quito en cuanto me choque.

Y no me chocó, vi episodio tras episodio (son pocos, una miniserie) emocionada como una niña. Caray, qué buena serie.

Leo que es una coproducción entre Italia y Francia basada en una telenovela italiana de 1976. También breve, la serie setentera fue de bajo presupuesto pero exitosa. La nueva serie rescata ese toque muy telenovelesco, melodrama puro: sueños mojados de señoras (como yo) y aventuras para los niños (también me apunto).

La serie no es perfecta. Can Yaman, el actor turco que interpreta a Sandokan, es muy guapo pero no actúa nada. Face value puro, pero poco más es necesario; su Sandokan se pasea como tigre en zoológico: lo admiramos pero no esperamos que haga gran cosa. También es muy chistoso lo maquillado que va, un bronceador oscuro que se le chorrea por las comisuras.

En contraste, qué bueno es el actor que hace de Yáñez. Alessandro Preziosi dota al personaje de un sentido del humor seco y atractivo, con un poco de Hugh Laurie en la mezcla. Es justo como yo misma he imaginado a Yáñez: desfachatez absoluta, siempre sucio y sudado, desafiante y, como buen cínico, inmune a cualquier humillación.

Lo que he dicho hasta ahora demuestra que el de Sandokan es un mundo de hombres, y así es en las novelas de Salgari. Lady Marianne Guillonk, la joven aristócrata inglesa amada por Sandokan, es apenas una insinuación en las novelas. “La perla de Labuán”: un tesoro escondido cuyo destino es ser desenterrado y vuelto a esconder, pero ya no en una villa inglesa sino en un barco pirata.

En esta serie Marianne también es heroica. La actriz inglesa Alanah Bloor da a su Marianne una forma pícara, la única manera de sobrevivir a la asfixia colonial. Aquí Marianne es divertida y arriesgada, una especie de tomboy en corsé. Toma decisiones, es parte activa de la trama. Eso me hizo amar todavía más El príncipe pirata. Sí, tienen que hacerla una tomboy, digamos, espiritual, pero es que entre piratas y soldados es inevitable. Delicada y bella al mismo tiempo que valiente e inteligente.

Los ocho episodios me hicieron pasar dos tardes muy divertidas. Los hubiera visto de un tirón pero quise retrasar el placer; que me duraran más. Fue como regresar a casa. Ese quizá no es mi Sandokan pero sí es mi Yáñez. Esa es la Malasia que habría creado si yo fuera cineasta, con los paraos (que son los barcos de los piratas); los krises (los cuchillos tradicionales y torcidos que llevan Sandokan y sus hombres); las cacerías; el calor selvático y el olor a pólvora.

Todo ese universo concebido por Emilio Salgari en el diecinueve, retratado vivo dos siglos después. Ojalá se pudiera decir lo mismo de otras adaptaciones de literatura a la pantalla. Vayan. Si no les gusta pueden demandarme. No es cierto, pero sí pueden reclamarme en Threads e Instagram, donde respondo al nombre de @conchawasthere.

Aviso legal: Los artículos republicados en este sitio provienen de plataformas públicas y se ofrecen únicamente con fines informativos. No reflejan necesariamente la opinión de MEXC. Todos los derechos pertenecen a los autores originales. Si consideras que algún contenido infringe derechos de terceros, comunícate a la dirección crypto.news@mexc.com para solicitar su eliminación. MEXC no garantiza la exactitud, la integridad ni la actualidad del contenido y no se responsabiliza por acciones tomadas en función de la información proporcionada. El contenido no constituye asesoría financiera, legal ni profesional, ni debe interpretarse como recomendación o respaldo por parte de MEXC.