Durante años se repitió la misma escena: adultos mirando a los más jóvenes y etiquetando. “No aguantan nada”. “Son una generación frágil”. “No quieren trabajar Durante años se repitió la misma escena: adultos mirando a los más jóvenes y etiquetando. “No aguantan nada”. “Son una generación frágil”. “No quieren trabajar

Trabajo, propósito y salud mental: el nuevo mapa laboral de los jóvenes

2026/01/28 12:01

Durante años se repitió la misma escena: adultos mirando a los más jóvenes y etiquetando.
“No aguantan nada”.
“Son una generación frágil”.
“No quieren trabajar, quieren que todo sea fácil”.

Mientras tanto, del otro lado, muchos jóvenes piensan en silencio:
“No quiero terminar quemado como mis viejos”.
“No me interesa un trabajo donde solo cuente fichar la hora”.
“Si voy a dedicarle tantas horas de mi vida, necesito que tenga algún sentido”.

¿Están desmotivados? ¿O están rechazando modelos de trabajo que les resultan insostenibles o vacíos?

Desde la psicología sistémica y la orientación vocacional, lo que se observa no es flojera, sino un cambio profundo de paradigma: el trabajo deja de ser solo un lugar al que se va a cobrar un sueldo para convertirse en uno de los espacios donde se juegan la identidad, los valores y el proyecto vital.

Del “trabajo para toda la vida” al “portafolio de experiencias”

Las generaciones anteriores crecieron con una idea fuerte: encontrar “un buen trabajo”, entrar a una empresa sólida y quedarse allí el mayor tiempo posible. La estabilidad era el valor máximo. Cambiar mucho era sospechoso.

Los jóvenes de hoy —hablamos de quienes tienen 18, 20, 25 o 30 años— crecieron viendo otro paisaje: empresas que cambian de nombre, de dueños o directamente cierran; contratos temporarios, monotributos eternos, trabajos freelance; carreras que quedan obsoletas en pocos años; adultos cercanos agotados, con burnout, frustrados con “el laburo de toda la vida”.

En ese contexto, no sorprende que el ideal haya cambiado. En lugar de “un trabajo para siempre”, aparece la idea de un “portafolio de experiencias”: proyectos, trabajos, formaciones y roles distintos a lo largo del tiempo. No es una inconstancia caprichosa. Es una forma de adaptarse a un mundo donde lo único estable parece ser el cambio.

Qué es el Llamadón© en clave joven

En medio de tanta movilidad, hay algo que muchos jóvenes sí tienen claro: no quieren vivir desconectados de sí mismos.

Ahí entra un concepto que trabajo hace años: el Llamadón©.
Llama: el fueguito interno que impulsa, el entusiasmo genuino por ciertas maneras de estar y hacer en el mundo.
Don: las habilidades que salen casi naturalmente, aptitudes que emergen casi sin esfuerzo.

El Llamadón© es la conjunción de esa llama y ese don que se encuentran y se traducen, acá y ahora, en algo concreto que tenga sentido para la persona y para el proyecto de vida que quiere construir.

Cuando los jóvenes dicen que buscan propósito, no están pidiendo un trabajo perfecto ni sin esfuerzo. Están pidiendo lugares donde su Llamadón tenga espacio real, no solo un slogan en la página de Recursos Humanos.

Flexibilidad: no es vagancia, es diseño de vida

Uno de los grandes choques generacionales es la palabra flexibilidad. Para muchos adultos suena a: “Quieren trabajar menos”.

Para muchos jóvenes significa otra cosa: poder combinar trabajo con estudio, tener tiempo para proyectos personales, cuidar la salud mental, viajar, hacer voluntariado, explorar áreas nuevas, evitar jornadas eternas que no dejan lugar para nada más.

Cuando piden flexibilidad horaria, trabajo híbrido, posibilidad de mover días o de no estar nueve horas sentado en una silla, no necesariamente están pidiendo “laburar poco”. Están buscando no hipotecar el resto de su vida en nombre del trabajo.

La pregunta de fondo es distinta.
Antes: “¿Cómo encajo yo en este trabajo?”.
Ahora: “¿Cómo encaja este trabajo en la vida que quiero construir?”.

Clima laboral y bienestar emocional: “no quiero un sueldo que me enferme”

Otro eje clave es el clima emocional. Muchos jóvenes crecieron escuchando historias de acoso laboral, jefes maltratadores, empresas que normalizan el estrés crónico. La respuesta no es delicadeza. Es defensa propia.

Hoy pesa tanto —o más— que el sueldo: cómo se habla en las reuniones, qué pasa cuando alguien se equivoca, si se respetan los horarios, si hay espacios de descanso reales, si hay margen para decir “no llego” sin miedo a ser castigado.

No quieren un trabajo que los lleve a un burnout precoz a los 25. No quieren naturalizar que “es normal estar mal todos los días” si te va bien en la factura. La ecuación cambió: un buen sueldo a costa de la salud mental empieza a ser, para muchos jóvenes, un mal negocio.

No es falta de ganas, es otra idea de éxito

Para entender estas búsquedas hay que correrse de la lectura fácil de “no quieren hacer esfuerzo”. La mayoría sí hace esfuerzo: estudia, se forma, trabaja, emprende, prueba. Pero lo hace con otra brújula.

Valoran el tiempo libre.
Priorizan los vínculos.
Se preocupan por el impacto ambiental y social.
Quieren coherencia entre lo que dicen y lo que hacen.

No quieren ser héroes del sacrificio vacío.

Quieren llegar a los 40 o 50 con algo más que un currículum: con una vida que sientan propia.

Ahí aparece otra vez el Llamadón, no como una fantasía romántica, sino como criterio de realidad: “Si voy a poner mi energía acá, que sea en algo que tenga algún sentido para mí y que no me rompa por dentro”.

El joven como nodo de una red, no como “caprichoso”

La psicología sistémica propone algo incómodo pero necesario: dejar de mirar al joven aislado.

Un chico o una chica no pide flexibilidad en el vacío. Lo hace dentro de una familia que trae su propia historia de esfuerzo, crisis, mandatos y miedos; una escuela que tal vez todavía educa para el “trabajo de oficina de 9 a 18”; empresas que en muchos casos siguen pensadas con lógica del siglo XX; un contexto social que alterna entre exigir productividad y hablar de salud mental solo para el posteo del Día de la Salud Mental.

Cuando un joven dice “no quiero esto”, no siempre habla solo de él mismo. Muchas veces pone en palabras algo que otros adultos sienten y no se animan a decir.

No es la “generación de cristal” en el sentido despectivo. Es una generación que, a veces, se anima a no naturalizar lo que duele.

Propósito y huella: no solo “qué hago”, sino “para qué lo hago”

Cada vez más jóvenes preguntan cosas que antes no figuraban en la descripción de puesto: “¿Qué impacto tiene lo que hace esta empresa?”, “¿Cómo se posiciona frente a ciertos temas?”, “¿Qué tipo de vínculo tiene con el entorno?”.

No se trata de que todos quieran salvar al mundo. Se trata de que no quieren trabajar en algo que vaya totalmente en contra de sus valores.

El trabajo deja de ser solo qué hago para convertirse en parte de quién soy y qué huella quiero dejar.

Eso puede traducirse en elegir proyectos con impacto social, evitar ciertas industrias, buscar organizaciones donde se hable en serio de diversidad, inclusión y cuidado del ambiente o, al menos, donde haya coherencia básica entre el discurso y la práctica.

Los jóvenes que hoy entran al mundo laboral no están pidiendo una vida sin esfuerzo. Lo que están diciendo, con mayor o menor claridad, es otra cosa:
“No quiero un trabajo que me desdibuje.
No quiero pagar con mi salud mental.
Quiero que algo de mi Llamadón tenga lugar también de lunes a viernes”.

Tal vez escucharlos no sea solo “entender a las nuevas generaciones”, sino una oportunidad para revisar, entre todos, qué entendemos por trabajo digno y por vida vivible en pleno siglo XXI.

Cinco preguntas para saber si un trabajo encaja con tu Llamadón©

¿La tarea me conecta con algo que me interesa de verdad o solo con la necesidad de cobrar a fin de mes?
(El sueldo importa, pero si lo único que hay es aguantar, el costo psíquico se dispara).

¿Puedo usar, al menos parte del tiempo, habilidades que siento “muy mías”?
Comunicación, análisis, creatividad, acompañar personas, organizar… ¿hay lugar para eso o estoy totalmente desdibujado/a?

¿El clima general me deja respirar o vivo en modo alerta permanente?
Fijate si tu cuerpo se relaja alguna vez en la jornada o si estás en tensión continua. Es un termómetro simple y brutal.

¿La cultura del lugar choca de frente con mis valores?
Todos transamos en algo, pero si te ves haciendo cosas que van totalmente en contra de lo que pensás, la factura interna llega.

¿Siento que este trabajo suma algo a mi proyecto de vida, aunque sea como etapa?
No todo tiene que ser “el trabajo de mis sueños”. Pero sí es sano preguntarse si este lugar suma experiencia, aprendizaje, red… o solo desgaste.

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