¿Qué es el calor? Es el motivo por el cual usted está pegajoso, están todos insoportables y se busca escapatoria en cualquier lugar que provea un descanso (ni siquiera frío, con sombra ya alcanza). Con la llegada de las últimas semanas de diciembre y las primeras de enero, el calor provoca un efecto positivo para los que todavía tienen que trabajar: eyecta a aquellos de la primera quincena a la Costa Atlántica, que llegan cargados de hijos, suegra, perro, 12 reposeras, cuatro hieleras y dos docenas de protectores solares para cumplir la tradición de ver, en la playa, a toda aquella gente que durante el año vieron en traje y corbata en el subte.
En la ciudad, lejos de aquellos veraneantes, están los que se quedaron y tienen problemas de los más sencillos pero acuciantes a la vez. Por ejemplo, a la hora de comer, el calor da lugar a la mayor de las batallas: no prender el horno. Una hornalla puede tolerarse, pero el horno jamás. ¿Tarta al horno? Descartado. ¿Pollo al horno? Mejor no. ¿Algún postre al horno, como budín de bananas? Quizás para otro momento, a menos que usted sea un kamikaze o esas bananas estén al borde del descarte y su única salida sea convertirse en una merienda.
Entonces surge la pregunta de qué comer (y hasta algunos se arriesgan a preguntarse: ¿vale la pena cenar con este calor?). Pero algo hay que ingerir, por lo que surgen los malabaristas de la gastronomía con sus recetas frías: tomates rellenos, huevos rellenos, piononos (también rellenos), ensaladas o simplemente hielo del freezer. Sin embargo llega el día de la encrucijada, cuando ya el estómago pide algo a una temperatura adecuada, y entonces hay que sacrificarse al lado de una sartén, rebosante de aceite, que salpica lava hirviendo con cada milanesa que se sumerge. Siempre estará el que le pida a la madre, al padre o a la pareja que la haga “a la napolitana” y se martirice junto al horno mientras espera que el queso se derrita deliciosamente.
Mientras tanto, como si fuera un fenómeno único jamás visto por el universo, los canales de noticias cubren el calor como si se tratara del Mundial. Hay cronistas en las esquinas consideradas más calientes, van los movileros a las pizzerías para entrevistar a los pizzeros que dejan la vida por una fugazzeta y no faltan las coberturas desde las piletas públicas, la costa atlántica o lugares, por el contrario, totalmente helados, como fábricas de hielo.
Por las redes sociales empiezan a circular esos videos insólitos, divertidos e incomprobables, como vecinos de Santiago del Estero haciendo un huevo frito en la vereda, pelopinchos armadas en balcones o valientes al límite de la locura sumergidos en lugares prohibidos para refrescarse, como las riberas de Quilmes o Vicente López. Y en tanto scrolleo aparece la mayor envidia: sí, esos, los que dejaron la ciudad y están en la costa atlántica, con los pies en la arena y la mirada en el mar (con la suegra incluida, sí, pero en el mar). Sí, porque detrás del señor que vende choclos, de la señora que vende pareos, de los que juegan a la paleta y de los jubilados que se gritan por el tejo, está el mar. Entonces los recuerdos afloran y el que se quedó en la Ciudad rememora su última visita a San Bernardo, lo fresca que estaba el agua, lo rico que estaban los churros y cómo el calor se iba de su vida, se alejaba y se quedaba en esa monstruosidad de construcciones apiñadas del microcentro porteño. Ahí, en el mar, el clima fluye y el calor no se aglomera en una cocina, por lo que se pueden hacer tartas, pizzas y hasta pastel de papa con el horno a 180 grados. Y la felicidad es total: calor de día, fresco de noche. Pero usted no está en la Costa, sino en la oficina, o haciendo home office abajo de un aire acondicionado que no puede más, o a pura bocina en la Panamericana con la esperanza de llegar a Pilar. Entonces se da cuenta de que el calor le está quemando, pero no la piel, sino el cerebro. Dios, ¿cuándo llega el invierno?
